lunes, 22 de julio de 2013

KYUDO, desarrollo personal a través del tiro con arco


El Kyudo, el camino del arco, es una tradición viva del tiro con arco contemplativo, enraizado en las antiguas tradiciones guerreras del Japón. La maestría perfecta del arco era considerada un arte por los Samuráis, un arte que no tenía otro objetivo que la más elevada experiencia del aquí y ahora, del momento tal cual es, más allá de cualquier estrategia de pensamiento y concepto.

En la actualidad el Kyudo se practica por millares de personas en todo el mundo tanto por su instrucción mental como por el desarrollo espiritual. La sencilla elegancia de movimientos, la belleza del arco y las flechas y el ambiente de quietud y dignidad predominan en el lugar de práctica, ejerciendo una gran fascinación para aquellos que deseamos recorrer el camino del auto conocimiento. Porque emprender el camino del tiro con arco significa emprender un viaje de comprensión en el que aprendes a ver con ojos nuevos y a oír con nuevos oídos. Si lo ves desde fuera, el Kyudo parece ser simplemente tiro con arco. Tensar el arco y tirar al blanco parece una prueba de habilidad, pero el Kyudo no es deporte. Para descubrir la verdadera naturaleza del Kyudo, al tirar al blanco uno tiene que mirar dentro de sí mismo atravesando y superando cualquier tipo de inquietud, ya sea preocupación, esperanza, duda o miedo. Aunque la forma original del Kyudo ha ido cambiando y volviéndose más sofisticada a lo largo de los siglos, subdividiéndose en diferentes escuelas y estilos, la esencia de la verdadera práctica del Kyudo sigue siendo la misma: es meditación de pie.

El terreno fértil sobre el que creció el camino japonés del arco hasta convertirse en lo que es hoy en día, está compuesto de varias capas de enseñanzas de tradiciones espirituales como el Confucionismo, el Taoísmo y el Budismo. Estas tradiciones llegaron desde el continente hasta el archipiélago japonés en diferentes momentos, entrelazándose estrechamente con el tejido nativo de conceptos de una manera muy “típicamente japonesa”. Por supuesto, que no solamente fueron las ideas y prácticas religiosas o los modelos de organización social los que llegaron a Japón desde China y Corea, sino también innumerables valores materiales y culturales. Probablemente ni siquiera el prototipo de arco asimétrico (yumi) fue inventado en el archipiélago, sino introducido en Japón por los comerciantes de la cultura Yayoi alrededor del siglo III antes de Cristo.

El arco japonés actual, el Yumi, es único no solamente por su forma asimétrica, sino también porque con sus 2,30m de longitud es el arco más largo del mundo. Por su dureza y resistencia por una parte, y su sensibilidad y tendencia a cambiar por la otra, puede muy bien compararse a un instrumento musical hecho de madera, por ejemplo un violín hecho a mano.

El confucionismo enseñó el tiro con arco como la forma más adecuada de formar una personalidad perfecta. Ya en el siglo IV esta enseñanza se había aceptado con entusiasmo entre la nobleza. El Shogun Yoritomo no escatimó esfuerzos para entrenar a sus guerreros de la forma más eficiente, para lo cual solicitó que se les enseñara una nueva forma de tiro con arco a caballo, el famoso Yabusame, que se puso inmediatamente en acción.

En el periodo en el que el Shogunato estuvo ubicado en la ciudad de Kamakura (1185-1333) los samuráis tomaron los métodos y contenidos de la enseñanza del budismo Zen, que acababa de introducirse en Japón. Los guerreros estaban muy interesados en el concepto de los monjes sobre la devoción incondicional al maestro, y su énfasis en prácticas ascéticas estrictas, donde es esencial la experiencia directa e intuitiva de la naturaleza no dualista de la realidad, y los emularon. Las nuevas prácticas Zen les permitían llevar a cabo sus deberes más eficientemente y entrar en batalla sin perturbarse por la esperanza o el miedo. Mucho más tarde fue cuando el aspecto Zen dentro de la práctica del arco llegó a su maduración completa.

Aunque al principio las samuráis veían con desagrado las armas de fuego europeas, a partir del siglo XVI éstas reemplazaron al arco como arma militar. Por eso se puso el énfasis de la práctica del tiro con arco en el entrenamiento mental y la formación del carácter, y aún más porque el reinado de los Shogunes Tokugawa fue comparativamente pacífico. Es en el año 1600 se utiliza por primera vez la palabra “Kyudo” (camino del arco).

Tras la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, las artes marciales fueron prohibidas. Al volver a permitirse en 1952, las artes marciales clásicas, organizadas en clubes, están ahora abiertas a todo el mundo, sin importar su situación económica y, por primera vez, también a las mujeres.

Hoy en día, el número de practicantes de Kyudo se estima en alrededor de medio millón.

Un camino interior

Aunque el Kyudo no es una práctica religiosa, está profundamente influenciada por el budismo Zen y el Shinto. Los aspectos ceremoniales, el protocolo y el respeto dado al arco, las flechas y el lugar de práctica (dojo), son un reflejo del pensamiento Shinto. Mientras que las formas externas del Kyudo se asemejan mucho al ritual Shinto, la esencia del Kyudo está conectada inseparablemente de la filosofía Zen y la interpretación del Tao.

Las enseñanzas Zen nos dicen que nuestro verdadero yo está oculto dentro de profundas capas de patrones de pensamiento habitual, autoengaños y ego. Vivimos en un mundo de ensueño fabricado por nosotros mismos. El objetivo de las prácticas Zen es retirar esas capas de ilusión y ego para que podamos liberarnos de la perspectiva dualista que nos impide comprender nuestra verdadera naturaleza y vivir en armonía con nosotros mismos, los demás y todo el universo.

En el zazen (meditación sentada) uno intenta unificar cuerpo y mente por medio de la respiración y manteniendo una postura estricta. El Kyudo como “Zen en acción” incorpora los mismos conceptos de mente, respiración y postura trabajando al unísono.

Para el practicante sincero el Kyudo es una forma de vida, y no hay separación entre el entrenamiento de Kyudo y las actividades de la vida diaria. Cada flecha se tira como si fuera la única, de igual forma que cada momento de la propia vida es el último momento. El practicante de Kyudo no busca en el blanco el resultado de su práctica, sino internamente, porque el blanco no es un blanco sino un espejo. Si el corazón es correcto, cada tiro hace desaparecer un poco más los obstáculos que enturbian la visión de la auténtica naturaleza de uno mismo.

LA PRÁCTICA DEL KYUDO

La postura es la base de todo lo demás en el tiro con arco, pues únicamente adoptando una postura firme puede uno mantener el cuerpo erguido y equilibrado y entrar en una buena posición de tiro.

En primer lugar, cuando, arco en mano, uno se coloca en el campo de tiro, debe desterrar todo pensamiento de otras personas de su mente y sentir que la experiencia del tiro sólo le concierne a uno mismo. Luego, con la mente totalmente centrada, uno se gira y mira hacia el blanco, preparándose para el tiro.

En la práctica del tiro con arco, siempre hay espacio para mejorar. Las posibilidades de variación en el estado de ánimo, la técnica, el uso del tiempo, la forma de estar de pie, tensar, soltar, etc., son infinitas e, incluso después de años de práctica, uno nunca hace dos tiros iguales.

En esta variabilidad y en esta dificultad residen los principales encantos del tiro con arco.

Por lo tanto, cuando uno se gira para mirar hacia el blanco, no se limita a mirarlo, sino que se centra en él. Esto significa que la relación con el blanco no se hace únicamente con los ojos, mecánicamente, sino que debe hacerlo desde las entrañas.

La postura debe ser firme, sin la más ligera sensación de flotar y sin ningún movimiento innecesario en las articulaciones. Los músculos de todo el cuerpo deberían estar relajados. Las piernas abiertas son semejantes a las laderas de una montaña, cuya cúspide está en el hara (un punto el vientre un poco por debajo del ombligo). De las caderas hacia arriba, nuestro cuerpo es semejante a un árbol sobre la montaña, cuyas ramas flexibles son nuestros brazos.

Si observamos, o mejor experimentamos, la postura de tiro en Kyudo, percibiremos profundas enseñanzas aplicables a nuestra vida. Aprendemos a estar de pie, erguidos y orgullosos de ser quien somos, totalmente expuestos al mundo, sin la menor intención de ocultar nada. Conectamos profundamente con la tierra, como si echáramos raíces por nuestros pies, sintiendo la impresionante solidez que nos mantiene. Al mismo tiempo somos conscientes del espacio infinito sobre nosotros, donde todo tiene cabida, donde se despliega y manifiesta toda la vida. Completamente relajados, entre el cielo y la tierra, estamos presentes, atentos, conscientes, en calma.
La práctica del Kyudo es una experiencia única, muy difícil de explicar con palabras, por lo que te animo a participar en un curso de Kyudo para poder saborear personalmente esta experiencia.